Los relevamientos privados de LCG muestran que la inflación de alimentos y bebidas promedió 4,4% en las últimas cuatro semanas, con una aceleración de 0,1 punto respecto de la medición anterior. Econviews midió 0,7% en apenas una semana, empujado por las verdulerías. Las subas ya no se concentran en un solo rubro: también alcanzan a panificados, lácteos y bebidas.
Los precios de los alimentos y las bebidas acumulan seis semanas consecutivas de aumentos en la Argentina y la tendencia se está extendiendo: en el promedio de las últimas cuatro semanas, la inflación de ese rubro alcanzó el 4,4%, con una aceleración de 0,1 punto porcentual respecto de la medición anterior. El dato surge del relevamiento semanal de precios de la consultora LCG, que sigue la evolución de una canasta de alimentos y bebidas con apertura por rubro, y fue difundido este lunes 26 de octubre por iProfesional y replicado por medios de todo el país.
La comparación con el dato oficial ayuda a dimensionar el problema. Según el INDEC, en septiembre los alimentos subieron 2,3%, mientras que el índice general de precios avanzó 1,9%. Es decir: la comida viene corriendo por encima del promedio de la economía, y el relevamiento de octubre muestra que esa brecha no se cierra. Para una familia, eso significa que el gasto que no se puede recortar —el que se hace en la góndola— es el que más rápido se encarece.
Qué es lo que subió
La apertura del relevamiento de LCG para las últimas cuatro semanas muestra que las subas dejaron de concentrarse en un solo producto y se reparten por toda la canasta: verduras, 7,9%; productos de panificación, cereales y pastas, 5,9%; bebidas e infusiones, 5,6%; lácteos y huevos, 3,9%; y carnes, 3,6%. Los aumentos empezaron por la verdura y ahora se extendieron a los lácteos, el arroz, los cereales y los panificados, productos que están en la mesa de casi todos los hogares y que tienen menos reemplazo que una fruta de estación.
La segunda medición privada que se conoció en las últimas horas va en la misma dirección. Econviews, la consultora que dirige Miguel Kiguel, registró en la segunda semana de octubre un incremento semanal de 0,7% en alimentos y bebidas, impulsado sobre todo por las verdulerías, donde los precios avanzaron 3,1% en una sola semana. En el promedio de cuatro semanas, esa consultora midió un 2,4%. Las cifras difieren de las de LCG porque las canastas y las metodologías no son idénticas, pero las dos coinciden en lo importante: hay presión sobre los precios de la comida.
Costos que se trasladan a la góndola
Detrás de las subas hay un mecanismo concreto. Las empresas fabricantes enfrentan tarifas de electricidad y gas, transporte y logística más caros, pero la debilidad de las ventas les impide trasladar todo el aumento al precio final. En septiembre, los servicios subieron 2,4% frente al 1,7% de los bienes; las tarifas de electricidad y gas registraron un alza de 3,78% y los combustibles avanzaron hasta 5% en el gasoil. Según los cálculos de Econviews, desde noviembre de 2023 las tarifas se encarecieron 126,2% en términos relativos y el transporte público, 104,1%.
El resultado es una tensión que se resuelve, cuando se puede, recortando márgenes: muchas compañías absorben parte de esos incrementos para no perder más ventas, con lo que la rentabilidad se achica y la presión para actualizar precios crece. Traducido al bolsillo, el costo de producir, trasladar y conservar un alimento termina definiendo cuánto se paga en la góndola, incluso antes de mirar el precio del producto en sí.
El clima como factor de abastecimiento
A las presiones de costos se suman las lluvias intensas y las inundaciones asociadas al fenómeno de El Niño, que complican la producción agropecuaria y el abastecimiento de frutas y verduras en distintas regiones. Mariano Winograd, especialista del sector frutihortícola vinculado al Mercado Central, advirtió que las dificultades también afectan a los países vecinos, en especial a Brasil, lo que limita las alternativas de importación cuando escasea la producción local. Entre los productos complicados mencionó el zapallo ancho, cuyo cajón puede llegar a los $80.000, además de cebollas, tomates y pimientos con precios elevados.
Las proyecciones climáticas citadas por los especialistas plantean que los efectos podrían prolongarse hasta el otoño de 2027. En la carne vacuna, el anegamiento de campos en Corrientes —una de las principales provincias ganaderas— obligó a trasladar animales a otras zonas, con más costos y dificultades operativas. Econviews plantea dos escenarios: que esos mayores costos impulsen nuevas subas hacia fin de año, o que algunos productores deban vender animales anticipadamente y aumenten la oferta de manera transitoria. Andrés Costamagna, directivo de la Sociedad Rural Argentina, sostuvo que puede haber aumentos, aunque la caída del consumo limitaría su magnitud.
Lo que ya cambió en la mesa
La pérdida de poder adquisitivo no solo se mide en pesos: también se mide en hábitos. Según las referencias sectoriales citadas por Costamagna, el consumo de carne porcina pasó de unos 15 o 16 kilos por habitante al año a comienzos de 2026 a niveles cercanos a los 20 kilos. Es la búsqueda de una alternativa más económica frente al encarecimiento de la carne vacuna, una sustitución que, si las presiones climáticas y productivas se extienden a otros alimentos, también podría encontrar su límite.
En la Patagonia el punto de partida ya es más alto. El relevamiento “Changuito Federal” de la consultora Analytica correspondiente a septiembre ubicó a las cinco provincias patagónicas entre las más caras del país para comprar alimentos: Santa Cruz, con $1.067.161 para una familia tipo, Chubut, con $1.062.515, Tierra del Fuego, Río Negro y Neuquén, todas por encima del millón de pesos. Si el índice nacional de alimentos sigue subiendo por encima de la inflación general, ese piso patagónico se mueve hacia arriba.
Consumo de combustible en septiembre: Santa Cruz registró la mayor caída del país
Econviews mantiene una proyección de inflación general de 1,9% para octubre, aunque advierte que existen riesgos al alza. La incógnita, con seis semanas consecutivas de subas en la comida, es si se trata de un fenómeno transitorio —atado a la verdura y al clima— o del comienzo de una presión más persistente, en un escenario donde los ingresos familiares y el consumo siguen sin recuperarse.
Nota en base a los relevamientos de LCG y Econviews difundidos por iProfesional y Santa Cruz al Instante, con asistencia de IA y editada por un redactor de ADNSUR.