La Argentina es un país donde las Fundaciones aparecen como hongos y generalmente no solo asociadas a fines filantrópicos.

Sino a cuestiones meramente sectoriales y políticas.

En Santa Cruz tenemos dos ejemplos (entre otros) bien definidos: “Fundación Pensar Santa Cruz”, un agujero negro que se tragó 5 millones de pesos en un pase de manos que Alicia Kirchner (hoy gobernadora) le hizo a favor de Pablo González y Fernando Cotillo con fines presuntamente loables como comprar máquinas e insumos para el hospital de Pico Truncado, al que nunca llegó nada más que el discurso y recientemente en El Calafate “se generó la idea” (dicen) de “un grupo de vecinos, empresarios, pymes y particulares”, explica la presentación pública, de constituir la denominada “Fundación San Cruz Total” para apoyar la candidatura a gobernador del intendente Javier Belloni.

A nivel nacional el macrismo también usa la figura de las “Fundaciones” para licuar millones, hacer desaparecer rastros de “aportes” y presuntamente lavar fondos. Durante el kirchnerismo, proliferaron tres conceptos fundamentales: las Fundaciones, las Cooperativas y los Fideicomisos. Todo esto fue usado y abusado por el gobierno anterior para esconder corrupción y disimular maniobras oscuras desde el poder. Si bien el kirchnerismo podemos decir que excedió a la utilización de estas figuras, reemplazando toda articulación disimulada de negocios espurios, mediante la utilización abierta de la coima, la extorsión y el cohecho.

Desde el 2016 conocimos, por ejemplo, Fundación SUMA de la Vicepresidente Michetti, a quien se le destapó la olla cuando le encontraron 50 mil pesos recibidos (supuestamente) en concepto de donación; o Fundación Justicia y Seguridad que maneja Eugenio Burzaco o Fundación Creer y Crecer de Muaricio Macri disuelta poco tiempo después de asumir la presidencia, todas con alguna irregularidad investigada por algunos jueces entre quiénes está el Dr Lijo. ¿Cuál es el interés de la clase política argentina en armar fundaciones, con la velocidad de un rayo?.

El fenómeno de las fundaciones (empresariales o políticas) es nacional e internacional. En algunos países están fuertemente regulados y controlados; en otros, como el nuestro, con vértices oscuros y de un triángulo que podríamos describir como “el de las Bermudas” para usar de metáfora por todo lo que allí desaparece sin mucha explicación y la edulcorada apariencia de una filantropía que no existe, salvo raras excepciones que no son las que mencionamos acá.

Generalmente acompañar un nombre con la palabra “Fundación” le da a una empresa o a un partido político un baño de cierta “transparencia” que no es tal si logramos interiorizarnos de cómo trabajan y la forma en que disponen de los dineros, actividades no siempre atravesadas por la atenta mirada de la IGJ, la AFIP u otros organismos de control estatal. En otros casos, la palabra “Fundación” pone en alerta a la sociedad, desde donde se intuyen fines los cuales están lejos de la acción social e incluyen desgravación fiscal, desvíos de fondos, marketing social, reputación, etc. Es así que las fundaciones empresariales nacen por la necesidad de canalizar acción social, por beneficios fiscales o en algunos casos (los menos) cuando el empresario y/o su familia pretende dar impulso a una causa determinada. Cuando proviene del sector político, las sospechas de que se generan en un marco más neblinoso, es indiscutiblemente el factor más preponderante que actúa sobre la opinión pública.

Juan Ricardo Ortega, ex Director de la DIAN (Dirección de Impuestos y Aduanas Nacional) de Colombia es uno de los pocos funcionarios del área en Latinoamérica en criticar fuertemente a la figura de las “Fundaciones”, exceptuando a muchas por su labor solidaria pero criticando a otras que en conjunto reciben alrededor de 45 billones de pesos (colombianos), algunas de las cuales las cataloga como fraudulentas “Busque casos de corrupción en muchos departamentos colombianos y verá que detrás de ellos hay una fundación. Lo mismo sucede con algunas universidades que aparentan ser sin ánimo de lucro y son negocios fenomenales. Hoy se aprueba más fácil la creación de una fundación que la de un negocio de empanadas”, sentenció el ex funcionario.

El modelo argentino es similar. En nuestro país la palabra “Fundación” parece rescatar la honestidad y la transparencia del fondo de un pantano. Ahora bien, las Fundaciones del macrismo, las cuales están observadas de no presentar balances ni justificación de muchas sumas recibidas y/o erogadas o las de Santa Cruz, las cuales permanecen al margen del conocimiento público, con dueños y beneficiarios directos, sin que su objeto y su administración (y transparencia) sea de dominio público, han dado lugar a sospechas de manejos oscuros y se transforman en sumideros de fondos de aplicación y origen desconocidos.

¿Alguna vez cambiará la política y veremos a los honestos ganar la calle haciendo ostentación de transparencia y honestidad, sin discursos ni autorreferencias, solo mostrando el ejemplo, en vez de refugiar sus acciones detrás de títulos pomposos y organizaciones pseudo solidarias?. (Agencia OPI Santa Cruz)

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