Donde el cardenal Bergoglio evitaba pronunciamientos tajantes en políticos, el pontífice Francisco los repite con claridad. Pobres, ricos, elites y necesidades sociales en las ideas del Papa.

Aún hoy, cuando han transcurrido más de tres año y medio del pontificado de Francisco, para distintos observadores que lo conocieron por su actuación en la Argentina pueden seguir resultando inverosímiles muchos de los posicionamientos que tiene el Papa, especialmente en temas vinculados con la economía, la política y la sociedad. Porque si bien puede constatarse que el entonces obispo y cardenal Jorge Bergoglio siempre mantuvo una prédica en favor de los pobres y, en su vida privada una particular austeridad, no menos cierto es que en su actuación pública en el país casi sistemáticamente rehuyó los pronunciamientos categóricos y declaraciones que lo enfrentaran de forma directa a los factores de poder.
Todo parece haber cambiado después que Bergoglio fue ungido como Francisco el 13 de marzo de 2013. Incluso para incursionar en cuestiones de orden político que pueden atraer aparejados debates. Así, en una entrevista concedida este 7 de noviembre a Eugenio Scalfari y publicada por el diario Repubblica de Roma, al ser interrogado si piensa en una sociedad “de tipo marxista” Francisco “contraatacó”: “Frente a esa pregunta siempre he dicho que, en todo caso, son los comunistas los que piensan como cristianos”. Y recordó que “Cristo habló de una sociedad donde los pobres, los débiles, los marginados son quienes deben decidir” porque son ellos “los que deben ayudar a lograr la igualdad y la libertad”.
La política y el cambio


Pocos días antes y hablando ante representantes de los movimientos populares convocados en el Vaticano para un encuentro mundial, el Papa insistió en su programa de “las tres T” (tierra, techo y trabajo) y le reiteró a los allí presentes su convocatoria para que ingresen en la política y se hagan cargo del cambio. En esa ocasión el Papa le dijo a los representantes populares de todo el mundo que “no tengan miedo de meterse en las grandes discusiones, en política con mayúscula” y citó a su antecesor Pablo VI, para señalar que “la política ofrece un camino serio y difícil ¯aunque no el único¯ para cumplir el deber grave que cristianos y cristianas tienen de servir a los demás” (Octogésima adveniens, 14 de mayo 1971, 46).
Y llamó a los movimientos populares a “refundar la democracia” y a no resignarse a ser “actores secundarios” de la escena política. “Ustedes, las organizaciones de los excluidos y tantas organizaciones de otros sectores de la sociedad, están llamados a revitalizar, a refundar las democracias que pasan por una verdadera crisis. No caigan en la tentación del corsé que los reduce a actores secundarios, o peor aún, a meros administradores de la miseria existente”, les dijo.
Está claro que el propio Francisco incursiona habitualmente en temas políticos y habilita permanentemente la reflexión sobre las cuestiones económicas, políticas y sociales. Y pregona el cambio. En Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, el 9 de julio del año anterior, alentó a que lo “digamos sin miedo: necesitamos y queremos un cambio”. Y por si existía alguna duda subrayó que “queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras”.
Un repaso a los distintos documentos y pronunciamientos de Francisco dejan en evidencia que Bergoglio hilvana su propuesta a través de las diferentes intervenciones, apuntando a la centralidad del sujeto popular identificado con los pobres, con los excluidos y marginados, responsabilizando al sistema económico y sus protagonistas y llamando al cambio que, según afirma, debe ser promovido por las propias víctimas del sistema a través de las organizaciones y movimientos populares.  Porque “los pueblos están llamados a organizarse y exigir pacífica pero tenazmente. Hay un genocidio en marcha que tiene que cesar” y “el futuro no está en mano sólo de los dirigentes y las elites” sino que “está finalmente en los pueblos, en su capacidad de organizarse y en sus manos que riegan”.
Las causas: la economía


Al analizar las causas de la situación, el Papa sostiene que el problema de fondo es la economía global. Por eso sostiene que “la primera tarea es poner la economía al servicio de los pueblos” porque “los seres humanos y la naturaleza no deben estar al servicio del dinero”. Y pide, reiteradamente, en distintas formas y a través de pronunciamientos diversos, que “digamos no a una economía de exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir” porque “esa economía mata. Esa economía excluye. Esa economía destruye la Madre Tierra”.
El 24 de noviembre de 2013, cuando aún no había cumplido un año de su pontificado, en su documento “Evangelii Gaudium” Bergoglio ejemplificaba: “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la Bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil”.  
Y apuntó directamente al sistema financiero y a sus hacedores. “Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados (...). Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas”. En el documento Laudato Si (2015) aseveró que “los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente”.
También vinculó el tema de la desigualdad con los reclamos de seguridad que hacen muchos sectores. Porque “hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia”. Porque sin igualdad de oportunidades –dijo entonces el Papa– las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión, “porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz”.
La desigualdad


En su entrevista con Scalfari, Francisco volvió a repetir ahora que “lo que queremos es la lucha contra la desigualdad, porque este el mayor mal que existe en el mundo”. Y dio sus motivos: “es el dinero el que crea la desigualdad y está en contra de las medidas que tienden a nivelar el bienestar y promover la igualdad”. En 2013 había dicho que “¡el dinero debe servir y no gobernar!”.
Porque, dijo en otra ocasión, “una economía justa debe crear las condiciones para que cada persona pueda gozar de una infancia sin carencias, desarrollar sus talentos durante la juventud, trabajar con plenos derechos durante los años de actividad y acceder a una digna jubilación en la ancianidad”.
Para el Papa se trata de una “economía donde el ser humano en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno encuentren un cauce adecuado en el ser social. Ustedes, y también otros pueblos, resumen este anhelo de una manera simple y bella: ‘vivir bien’. Que no es lo mismo que ver pasar la vida”.
En otro texto y recurriendo a la tradición magisterial del catolicismo, Francisco sostuvo que “el destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia” sino que “es una realidad anterior a la propiedad privada”, dado que “la propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos”.
Tales necesidades, dice el Papa, “no se limitan a consumo”. Porque “no basta con dejar caer algunas gotas cuando lo pobres agitan esa copa que nunca derrama por sí sola”. Deben entenderse, según Francisco, que “los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras, coyunturales. Nunca podrán sustituir la verdadera inclusión: ésa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario”.
Pero para reafirmar la mirada política que el Papa le da a sus intervenciones vale recordar un párrafo de su discurso ante los movimientos populares en Bolivia el año anterior: “En estos últimos años, después de tantos desencuentros, muchos países latinoamericanos han visto crecer la fraternidad entre sus pueblos. Los gobiernos de la Región aunaron esfuerzos para hacer respetar su soberanía, la de cada país y la del conjunto regional, que tan bellamente, como nuestros Padres de antaño, llaman la Patria Grande. Les pido a ustedes, hermanos y hermanas de los movimientos populares, que cuiden y acrecienten esa unidad. Mantener la unidad frente a todo intento de división es necesario para que la región crezca en paz y justicia”. La frase tiene quizás hoy más actualidad que cuando fue pronunciada.

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